viernes, 9 de abril de 2021

Estos días me he adentrado en el capítulo 13 de 2ª de Reyes donde se describe la muerte de Eliseo por causa de una enfermedad: 

"Eliseo estaba gravemente enfermo y Joás, el rey de Israel, bajó a visitarlo." (13:14a)

Tras su muerte se llevó a cabo un milagro: un muerto revivió al ser echado en la tumba del profeta y tocar sus huesos. 

"Eliseo murió y lo enterraron. A primeros de año bandas moabitas hicieron incursiones por el país. Unos hombres, que estaban enterrando a un muerto, al divisar a estas bandas, arrojaron el muerto en la tumba de Eliseo y se fueron. Y cuando entró en contacto con los huesos de Eliseo, el muerto revivió y se puso en pie." (13:20-21)

Este hecho me hace pensar en que en las Escrituras a menudo vemos que la muerte acaba dando vida. Lo vemos en esta historia, en las parábolas de Jesús sobre semillas enterradas, en sus enseñanzas acerca de qué es necesario morir para vivir y de manera extraordinaria en su muerte misma, a través del cual hemos recibido vida. Todo ello me lleva a una pregunta ¿Qué cosas deben morir en mí para experimentar vida y dar vida a otros?

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