miércoles, 11 de agosto de 2021

TRATANDO CON LA CULPA (ISAÍAS 6)

El llamamiento de Isaías incluye una teofanía, en la que el profeta experimenta de manera dramática la presencia de Dios:

"El año en que murió el rey Ozías, vi al Señor sentado en su alto y excelso trono. El ruedo de su manto llenaba el Templo." (6:1)

En medio de voces de serafines que gritaban "...“Santo, santo, santo, el Señor del universo; la tierra toda rebosa de su gloria”."(6:3b)

el profeta se siente indigno de estar delante de la divina presencia:

"Me dije entonces:
“¡Ay de mí, estoy perdido!
Soy un hombre de labios impuros,
yo, que habito entre gente de labios impuros,
y he visto con mis propios ojos
al Rey, Señor del universo”." (6:5)

La consciencia de nuestras limitaciones y de nuestros errores no es fácil de experimentar, pero no tiene que quedarse en algo frustrante. El gran problema es cuando dicha consciencia nos lleva a no sentirnos amadas y amados y/o aceptadas y aceptados, es entonces cuando la culpa se convierte en un peso enorme sobre nuestros hombros que nos va aplastando cada día.

Desde ese peso de la culpa nos cuesta ofrecer paciencia y amor a quienes nos rodean. Es usual proyectar en los demás nuestras propias limitaciones y errores y aun señalar lo mal que están, pensamos que haciendo culpables a otras personas, nuestro peso disminuirá, pero con el tiempo comprobamos que no suele funcionar. 

Llama mi atención que antes de ser enviado, Isaías  es libre de su culpa y de sus pecados:

"Voló entonces hacia mí uno de los serafines, con un ascua en su mano y la puso en mi boca diciendo: “Al tocar esto tus labios, tu culpa desaparece, se perdona tu pecado"" (6:6-7)

En esta escena se encierra un aspecto clave del evangelio que con Jesús será esclarecido mucho más; Dios desea perdonarnos y librarnos de la culpa, es así como nos adentra en un proceso de transformación donde la aceptación y el amor no están en juego aun cuando no estamos a la altura de las circunstancias. 

Ese amor y aceptación nunca significan indiferencia ante todo aquello que trae ruptura a nuestras vidas, a la vida de las demás personas y al resto de la creación, pero sí implica ver más allá de las limitaciones y el error que somos capaces de ver.

Curiosamente, Isaías es enviado a hablar a un pueblo que no está preparado para oír:

"Oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros? Contesté: “Yo mismo. Envíame”. Él añadió: Ve a decir a este pueblo: Escuchad con atención, pero no entendáis; observad con cuidado, pero no aprendáis." (6:8-9)

El pueblo al que Isaías hablará necesitará experimentar por más tiempo las consecuencias de su manera de vivir, antes de que se pueda vislumbrar semillas de esperanza y transformación. Al darse cuenta Isaías de este proceso doloroso pregunta por la duración del mismo.

"Yo pregunté: “¿Hasta cuándo, Señor?”. Me respondió:
Hasta que queden desoladas
y sin habitantes las ciudades,
las casas sin personas,
los campos devastados." (6:11)

El relato de hoy me hace pensar en dos aspectos de mi vida espiritual. 

Por un lado, el aspecto en el que un área de mi vida recibe por parte de Dios el amor y aceptación suficiente como para que el peso de mi culpa disminuya y entonces pueda estar preparado para sostener las incongruencias en los demás, pero no como un ejercicio para sentirme mejor yo mismo, sino para dar el mismo amor y aceptación que yo he recibido "a pesar de". Es ahí cuando me siento enviado a acompañar en amor a personas que quizás aun no están preparadas para dejar atrás actitudes y conductas que traen más rupturas a este mundo, pero he entendido que todas las personas estamos en procesos, a veces de cierta duración prolongada. 

Por otro lado, el aspecto de que aun hay en mi vida áreas rotas y puntos ciegos que me llevan a sufrir las consecuencias de mis propios errores por más tiempo, hasta que esté preparado para entender que a pesar de mis limitaciones y errores, el amor de Dios no está en juego. 

Es decir, Isaías y el pueblo al que Isaías es enviado, son dos arquetipos de mi propia realidad espiritual. Por lo general, nos gusta identificarnos con el profeta y no caemos en lo bien que el pueblo terco nos representa. Sin embargo, para acercarnos al modelo de Isaías, tenemos que tomar consciencia de nuestra realidad rota primero y en vez de sumergirnos en la culpa, escuchar una vez más: "tu culpa desaparece, se perdona tu pecado", sin experimentar este tipo de gracia, poco tenemos para llevar a quienes nos rodean. 

¿Qué crees que puede aportarnos a nuestras vidas no descartar nunca que el pueblo terco en la Biblia nos representa y que aun tenemos puntos ciegos que no nos permiten escuchar y entender a otras personas? 

Cuando veas en esta semana a alguna persona o grupo que consideres ciegas ante un estilo de vida destructivo trata de pensar en que es muy probable que también haya puntos de ceguera espiritual también en ti ¿Cómo te ayuda esta idea a tratar a los demás? 

¿Qué aspectos de tu vida consideras limitante y que errores ves como frecuentes en tu comportamiento? ¿Cómo te sientes al saber que Dios quita tu culpa y borra tu pecado? 

¿Qué te parece sentirte enviada o enviado a la vez que eres parte de ese pueblo terco que aun necesita más tiempo para la transformación? ¿Eres capaz de ver y sostener estas dos realidades en tu propia vida sin caer en el dualismo de que eres solo uno u otro? 

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