miércoles, 24 de mayo de 2017

VOCACIÓN MINISTERIAL (EFESIOS 4)

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La vida cristiana parte de un llamamiento divino para cada seguidor de Jesús, a andar de un modo diferente a como andábamos sin Dios:

"Así pues, yo, prisionero por amor al Señor, os exhorto a que llevéis una vida en consonancia con el llamamiento que habéis recibido" (4:1)

Cristo capacita con dones a cada miembro del Cuerpo de Cristo para llevar a cabo la vocación que hemos recibido:

"Él es quien a unos ha hecho apóstoles; a otros, profetas; a otros, anunciadores del mensaje evangélico; a otros, encargados de dirigir y enseñar a los fieles. Capacita así a los creyentes para que desempeñen su ministerio y construyan el cuerpo de Cristo" (4:11-12)

La vida de formación espiritual vivida en el Cuerpo de Cristo, implica, a la luz de las palabras de Pablo, capacitar y ser capacitados para cumplir al menos con cuatro funciones propias de la iglesia en este mundo:

La función apostólica de la iglesia: relacionada con ser enviados para atravesar fronteras culturales, generacionales, geográficas etc. con el fin de que las Buenas Noticias alcancen a un mundo roto y necesitado. Esta función abre las puertas a la función profética de la iglesia.

La función profética de la iglesia: relacionada con denunciar todo aquello que no es conforme al plan original de Dios. Se relaciona con no mirar hacía otro lado ante las injusticias y el mal que nos rodea llevándonos a la necesidad de llevar a cabo los cambios necesarios para evitar el desastre. Esta función abre las puertas a la función evangelística de la iglesia.

La función de anunciar el mensaje del evangelio (evangelística): relacionada con mostrar las buenas noticias de que el Reino de Dios es accesible gracias a Cristo e invitar a un cambio de vida teniendo a Jesús como Señor, Salvador y Maestro. Está relacionada a enrolar a otros para la vida en el Reino. Esta función abre las puertas a la función de pastorear y enseñar.

La función de dirigir y enseñar a los fieles (pastorear y enseñar): relacionada con cuidarnos y acompañarnos en andar como Jesús nos enseñó. Esta función se concentra en que Cristo sea formado en nosotros, sin olvidar que Jesús es la fuente, la sustancia y la meta de nuestra formación espiritual. 

Hoy miramos la eclesiología que predomina en nuestro mundo, y vemos que el énfasis de estas funciones se ha visto deteriorado por un énfasis en posiciones. En vez de un Cuerpo enrolado en las funciones apostólicas, proféticas, evangelísticas, pastoral y de enseñanza, vemos cargos y títulos que tratan de concentrar tales funciones en un 5% en el mejor de los casos de la comunidad cristiana. El 95% de la comunidad se convierte en espectador de las funciones que son monopolizadas por unos pocos que no se dan cuenta que los dones son realmente dados para capacitar a los demás para la obra del ministerio en vez de para el consumo del ministerio. 

En gran parte de las comunidades cristianas, el título de pastor y maestro se ha convertido en una posición de gobierno monopolizador, llegando a ahogar las funciones apostólicas, proféticas y evangelísticas, es decir, las funciones más relacionadas con influenciar a este mundo roto. Esto hace que la comunidad se concentre en si misma y crea burbujas religiosas que nos aislan del mundo. Los cristianos con capacidades apostólicas, proféticas y evangelísticas, no encuentran influencia ante la sombra de los pastores y maestros convertidos en presidentes de la comunidad, y muchos acaban buscando su influencia fuera de la comunidad cristiana y sin el respaldo y apoyo de la misma. El clero-laicado, crea una división con horribles consecuencias ministeriales: una élite que ministra a una gran multitud que consume. 

La imagen de Pablo de la iglesia como un cuerpo donde Cristo es la única cabeza, destruye con el consumismo religioso en base a la monopolización del ministerio, a través de cargos jerárquicos, en base a títulos y posiciones privilegiadas. Sin embargo, no entender esto, mantiene a la cristiandad en un modelo de formación espiritual más institucional que orgánico, más empresarial que familiar, y por tanto más generador de consumistas religiosos que de productores eficaces.

La formación espiritual basada prácticamente en sentarnos en bancos durante horas mientras escuchamos al pastor, poco nos ayuda en la intencionalidad que necesitamos para ejercitar la voluntad. El llamado de Pablo a los Efesios no es un énfasis en asistir a reuniones o a escuchar a buenos oradores, ni mucho menos a mantener estructuras religiosas. Es un énfasis a trabajar con la voluntad, especificamente a "desechar la mentira..." (4:25) y este no es un asunto para los débiles de corazón que están cómodos en un entorno religioso consumista. En otras cartas Pablo usó el término "Haced morir...". Todo ello nos da la imagen de esfuerzo, movimiento y de cambio y todo ello requiere de una formación espiritual que nos capacita y nos convierte a la vez en capacitadores frente a un modelo que deja nuestra mente llena de información teológica y nuestro cuerpo totalmente desentrenado para enfrentar el pecado. 

Ser como Cristo, es un asunto lo suficientemente serio como para reconsiderarse en nuestra eclesiología moderna, y mucho más cuando nuestro modelo de formación espiritual está perfectamente diseñado para dar los resultados que estamos obteniendo.

¿Cuándo pienso en la iglesia viene a mi mente un grupo de consumidores religiosos o un grupo de personas activas en el ministerio? ¿Qué barreras hemos de enfrentar para que las funciones de la iglesia sean llevadas a cabo por cada miembro del Cuerpo de Cristo? ¿Cómo estoy capacitando a otros para la obra del ministerio con los dones propios que he recibido y como otros me están capacitando con sus dones? ¿Cómo se puede ejercer el ministerio evitando el consumismo religioso y la monopolización de funciones?


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