sábado, 28 de septiembre de 2013

El siguiente artículo lo escribí por petición de mi amigo Marcos Cespedes para su web: Volvamos a las Raíces, un espacio donde puedes leer diferentes puntos de vista acerca de la iglesia orgánica.
En nuestro caso todo surgió de una pregunta: “¿Qué haremos con una generación que cada vez está menos dispuesta a asistir a lugares de cultos donde un profesional sobre un púlpito le dirá lo que tiene que creer?”

Ya llevábamos tiempo evaluando el trabajo de nuestras iglesias convencionales; y es que decidimos hacer un ejercicio de autocrítica y disponernos a hacer una seria revisión de nuestros ministerios. En el proceso nos encontramos con una iglesia muy temerosa ante la influencia del postmodernismo (algo bueno y necesario) pero poco consciente de la influencia otorgada al modernismo (algo peligroso), ¿podría ser que estuvieramos intentando no comernos la aguja inconscientes de que ya nos comimos el camello?.

Sin duda la eclesiología a nuestro alrededor estaba fuertemente influenciada por el modelo empresarial del modernismo: estructuras de poder de tipo piramidal, énfasis en programas y eventos... y todo ello nos llevaba a ser una iglesia donde la mayoría se sienta de manera pasiva y solo unos pocos acceden al ministerio más reconocido. Si el nuevo César es el consumismo, ¿podría ser que de alguna manera nos estuviéramos arrodillando ante él?

Decidimos quitarnos las gafas institucionales recibidas de Constantino y releer el Nuevo Testamento, y nos encontramos con una iglesia donde la manifestación de Jesús se llevaba a cabo por la acción de cada miembro en las reuniones regulares. No encontramos un liderazgo monopolizador del que dependían las decisiones de la comunidad y entonces vislumbramos que en el Nuevo Pacto, el sacerdocio universal de todos los cristianos, es más que cambiar el nombre de sacerdotes por el de pastores. Se trataba de implicaciones muy prácticas para la vida comunitaria donde no existe lugares más elevados para funciones concretas y por tanto, desaparecían los espacios que nos invitan a la pasividad de consumir. 

Ahora era cuestión de que todos dependiéramos solo de unirnos a una sola cabeza, la de Jesús, y que permitiéramos que él se manifestara a través de cada uno de los miembros de su cuerpo, y eso aun en las reuniones regulares donde crecemos juntos. Esto trajo revelaciones peligrosas para la religión. 

¿Por qué la gente piensa en un edificio cuando escucha la palabra Iglesia en vez de pensar en Jesús?, La Iglesia no es otra cosa que el Cuerpo de Cristo. Partiendo de la realidad de lo que somos, nos dimos cuenta que Jesús y solo Jesús debe determinar nuestra eclesiología, y al mirar a Jesús y obedecerle, no tuvimos más remedio que acostumbrarnos a cerrar nuestras sillas, salir de los edificios y acercarnos a un mundo roto como algo esencial y básico. Ahora nuestro prójimo, los necesitados, los enfermos, eran la prioridad, por encima de cualquier actividad programada, era necesario pasar tiempo con ellos, comer con ellos, escucharles… al menos si queríamos ser la iglesia que de verdad representa a Jesús en la tierra.

En vez de las tradiciones heredadas de Constantino y reforzadas por el consumismo, dejamos que Jesús determinara nuestra eclesiología y nos encontramos con nuestras familias, vecindarios y lugares de trabajo como principales campos de misión. 

Cada cristiano entendió que era un ministro a tiempo completo sin importar que trabajara en la educación, limpiando casas o en una organización religiosa. La iglesia dejó de ser un lugar de reunión y se convirtió en un cuerpo vivo. No importaba si un día nos reuníamos en una casa, otro día en un local, si a veces éramos grupos pequeños en diferentes puntos o uno grande en el parque. La Iglesia va allí donde vamos, porque somos la iglesia. 

Ya no se trata de hacer grande el nombre de una organización o denominación, ni de mantener una compleja estructura con fuerte base capitalista. 

Nos hemos hartado de escuchar que ahora es esta iglesia o aquella denominación la que tiene éxito, la que está creciendo. Hemos dejado de usar nombres fuera de Jesús para definirnos porque creemos que Pablo tenía razón cuando nos reprendió por decir “yo soy de Cefas, yo de Pablo, yo Bautista, yo Pentecostal, yo Católico, yo de la Iglesia de Manolo o de Pedro…” Vemos a la Iglesia local como los verdaderos seguidores de Jesús en nuestro territorio, aun cuando formen parte de las sectas que tanto nos gusta crear.

Hemos dejado de medir el éxito por el número de asistentes a una reunión, o por la cantidad de dinero que somos capaces de reunir, ahora se trata de que cada miembro sea un pequeño Jesús allí donde está, allí donde vaya, sea que viaje a otro país, que pasee por las calles de una ciudad, que asista a una reunión religiosa o esté trabajando como panadero. 

Lo que antes pasaba inadvertido, ahora es lo que destaca, de lo que hablamos y de lo que aprendemos. Nos centramos en que la fe en Jesús transforme nuestras vidas y a la vez los lugares cotidianos donde nos movemos. Esto nos aleja del deseo de querer llenar edificios con atractivos programas.

“Cómo el Padre me envió, así yo os envío” dijo el Maestro. Él nos ha mandado a estar presentes en medio de un mundo roto, a identificarnos con nuestro prójimo, a servirles y predicarles las buenas nuevas. No nos ha enviado a “hacer iglesias” sino a hacer discípulos, porque esos discípulos son en realidad la iglesia de la que habla el Nuevo Testamento y que él siempre tuvo en mente. 


Hemos rehusado que las estructuras nos conviertan en ser atraccionales y estamos aprendiendo a ser encarnacionales, esto es lo que Jesús nos enseñó con su ejemplo y no podemos parecernos a otra cosa más que a Él.

1 comentario:

  1. Hacía tiempo que quería dar con tu blog!
    Excelente reflexión!
    A partir de hoy cuentas con un lector más desde Valencia.

    Un abrazo!

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